Un Viacrucis peculiar, único por Francisco V. Calle Calle

Un Viacrucis peculiar, único por Francisco V. Calle Calle

El viajero baja algo cansado del paseo matinal por la carretera de Pasarón; la culpa es del solecito del mes de abril que más que picar golpea a estas horas de la mañana cercanas al mediodía. Buscando una sombra se refugia en el atrio de Santa María y al percatarse de que la puerta está abierta decide entrar, sabedor del fresco que suele hacer en el interior de estos antiguos edificios.

Sosegado por la tranquilidad su vista comienza a recorrer la nave iglesia. De pronto le llama la atención una composición alargada de color rojizo que recorre todo el muro que está a su izquierda. Sabe que es un viacrucis porque no es la primera vez que lo ve, pero nunca se había fijado en la inusual forma que tiene. No es un viacrucis tradicional con las estaciones separadas de una en una y distribuidas alrededor de la nave, por las paredes de la iglesia o sobre los pilares de la misma. Curiosamente, está formado por dos grandes bloques separados por el vano de la antigua puerta norte de la iglesia, hoy tapiada.

Es una especie de friso a media altura en la pared. Sin embargo, dejando a un lado este hecho, sigue pareciéndole que hay algo extraño en la disposición de las escenas. Los pináculos que coronan, o mejor dicho coronaban, porque la mayoría han desaparecido, las columnas que separan las escenas proyectan el friso hacia arriba, en vertical. Al mismo tiempo, en la parte inferior de las escenas, unos triángulos con unas extrañas máscaras tiran de él hacia abajo. Y el remate lo ponen unas llamativas esculturas semicirculares que sobresalen de la base de las columnas dando volumen a la composición. Con todos estos elementos, más que un viacrucis, el viajero cree contemplar una sillería de coro suspendida a media altura en el muro de la iglesia. Interesante y original composición.

Picado en su curiosidad decide aproximarse para ver de cerca la obra. Comienza su análisis, como no podía ser de otra manera, por la primera estación en la que Jesús es condenado a muerte. Entre otros detalles le llama la atención una estatua que preside la estancia en la que Pilatos, del que solo se ve un pie, va a condenar a Jesús. Es evidente que el artista, Antonio Blázquez, a juzgar por la firma que parece en cada escena, se ha inspirado en la estatua de Benvenuto Cellini que representa a Perseo con la cabeza de Medusa de la Logia de los Lanzi de Florencia. Bonito homenaje al maestro. No será el único homenaje a la historia del arte.

Revisando los paneles el viajero no puede evitar pensar en “Las lanzas” cuando contempla la segunda estación, en “Los fusilamientos del 3 de mayo” de Goya al hacerlo con la octava estación; en la décima cree reconocer la cara del Cristo de Velázquez y en la de la crucifixión se le viene a la mente la imagen de Willem Dafoe suspendido en la cruz en “La última tentación de Cristo” de Martin Scorsese, aunque esto es imposible ya que el viacrucis es cronológicamente anterior. Quizás ambos autores bebieron de la misma fuente. Arte intemporal frente a esquemas tradicionales. También le asombran otras licencias artísticas como la representación de Verónica sin su paño o la de Cristo metido en el túnel de la muerte, literalmente. Sin embargo, no le extraña la desnudez del Salvador, es más, piensa que además de servir para mostrar diferentes estudios del cuerpo humano, la desnudez marca de manera más clara el ultraje continuo al que está siendo sometido aquel “varón de dolores”.

Si los paneles de las estaciones sorprenden al viajero mucho más lo hacen las piezas semicirculares que separan las escenas en la zona inferior y que podrían equivaler a los apoyamanos de las sillerías góticas: aquí la imaginación del artista ofrece une serie de elementos que a primera vista representan temas que parecen escandalosos: un hombre con un falo gigantesco practicando una autofelación, una mujer de senos turgentes que muestra su sexo, un hombre orinando, un feto con su cordón umbilical, un esqueleto, animales variados de la tierra, el agua y el aire e incluso algún ser que podría hacer pensar en un fósil o en un microbio. Y más abajo, en los triángulos que cierran cada panel, unas máscaras grotescas que nada tienen que envidiar a las que poblaban las misericordias de las sillerías de los coros de las catedrales.

Esas máscaras son la clave. Gracias a ellas el viajero comprende que en este viacrucis tan particular en forma de sillería el artista ha plasmado, apoyándose con profusión en la historia del arte, no solo el camino de la cruz que recorrió Cristo sino también el mundo al que salvó con su muerte: el mundo en su plenitud representado con todos sus habitantes, animales incluidos, el mundo desde su pasado fosilizado hasta el futuro lejano (el feto puede remitir también a “2001: una odisea en el espacio”), desde la vida, representada por el mismo feto, hasta la muerte, simbolizada en el esqueleto, sin dejar de lado las pulsiones sexuales o los múltiples terrores de los que las máscaras son el mejor ejemplo.

El tiempo pasa y, apremiado porque ha quedado con unos amigos, el viajero deja la iglesia de Santa María con un sabor agridulce: está contento, una vez más, de saber que este pueblo, en el que suele parar de vez en cuando, encierra tesoros por los que merece la pena el desplazamiento pero también está triste por el estado de abandono en que, como es el caso, a veces se encuentran. Pensando en qué se podría hacer desciende la crucera de Santa María buscando la sombra protectora.

Francisco V. Calle Calle

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