¡Lumière! Comienza la aventura’ de Thierry Frémaux esta semana en Cineclub El Gallinero

Atesorando la historia en cofres de 50 segundos | Documental | 90 min. | VOSE | #417

¡Lumière! Comienza la aventura’ de Thierry Frémaux

La ofrenda de esta semana es una verdadera lección de cine. Thierry Frémaux, director del Festival de Cannes y del Festival Lumière de Lyon, además de una autoridad en la vida y hechos de un par de señores con bigote de incandescente apellido premonitorio, a quien debéis dar las gracias, queridos vástagos de la filmina. Y qué mejor forma de rendir pleitesía a los iluminados hermanos que experimentar el placer arqueológico, diría místico, de quien descubre el velo de la diosa Isis, de quien sopla el polvo acumulado sobre la historia de un arte-espectáculo que ha sublimado Frémaux en este maravilloso epítome que es ¡Lumière! Comienza la aventura, mezcla de homenaje, trabajo de restauración y lección magistral sobre los orígenes del invento del siglo.

¡Lumière! Comienza la aventura' de Thierry Frémaux esta semana en Cineclub El Gallinero

Los hermanos Lumière

El franco ha compuesto un alucinado y perfecto collage con 108 de las 1422 cintas. Cada una de 50 segundos de duración, que entre 1895 y 1905 rodaron los hermanos Lumière, sus hijos y los cámaras que enviaron por todo el mundo, en un único largo de pura seducción cinemática. Por la pantalla desfila el mundo, que nunca antes se había visto así. Se mueve en los ojos sorprendidos de un niño que corre en Vietnam. O en la espasmódica agitación de un soldado español que baila la jota.

Y por supuesto, el universo entero se conmueve con aquel inestimable testimonio de un tiempo en el que la simple llegada de un tren a La Ciotat provoca el pánico –permitid-me sumarme a lo que ahora se considera ya parte del mito. Y nos hace, nos hacen, partícipes de esa primigenia inocencia de la mirada.

Sobre las imágenes, algunas poco accesibles o desconocidas, Frémaux interpreta el visionado en off, proporcionando una combinación de valiosísimas explicaciones y anécdotas que ponen a Louis y Auguste en su justo lugar, el de inventores-autores, y ofrece una fascinante prueba de hasta qué punto la pareja cambió para siempre nuestro modo de contemplar y relatar el mundo.

Thierry Frémaux

La película es antes que nada un acto de amor y una obligación. El cine de los Lumière siempre ha sido ignorado. Nunca se les ha considerado más que meros inventores que básicamente copiaron y mejoraron la tecnología de sus predecesores. Nunca se les ha tenido en cuenta como cineastas. Y no es así. Ellos inventaron la puesta en escena. Ellos fueron los primeros que usaron el primer plano. Además ellos rodaron la primera persecución de coches de la historia del cine.

¡Lumière! Comienza la aventura' de Thierry Frémaux esta semana en Cineclub El Gallinero

Ese reconocimiento de los Lumière y sus camarógrafos como cineastas (primitivos maestros del nuevo arte, cuya pericia y reputación ha quedado grabada con los nombres de Felix Mesguich y, sobre todo, Alexandre Promio) es el mayor propósito del documental de Frémaux. “Se dice que Lumiére (Louis) es el padre del cine documental y Méliès el de la ficción.

No: Lumière también hizo la primera ficción (El regador regado) e incluso sus documentales tienen puesta en escena. Lumière es como Roberto Rosellini y Méliès como Federico Fellini. No hay oposición: el primero tomó al realidad y la puso en pantalla; el segundo tomó la realidad y la reinventó”. Maravillosa parábola.

Una clase de cine, el nuevo arte

El 28 de diciembre de 1895, en el Salon Indien del Grand Café de París –a la sazón un sótano–, los hermanos Lumière mostraban por primera vez una película suya ante el público. Aunque fue la segunda exhibición comercial de imágenes en movimiento con entrada (se les habían adelantado un par de meses los hermanos Skladanowsky con su bioscopo en el Wintergarten de Berlín) técnicamente constituyó la primera sesión de cine de la historia, y costó un franco; entre los presentes, otro nombre destinado a ser protagonista de la aventura que se emprendía, Georges Méliès.

La locomotora se acercó y la gente salió despavorida de la sala a oscuras por miedo a morir atropellada. Y así nació el cine

Y aunque esto probablemente no ocurriera, qué mejor anécdota para describir lo asombroso del invento. Ni siquiera figuraba el famoso tren (interesante análisis de David Vericat en Cinema Esencial) en aquella primera selección de diez bobinas que sólo suscitó la curiosidad de 33 personas. Pronto la demanda desbordó el aforo del local.

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Nueve meses antes

Nueve meses antes, como gestándose, los privilegiados asistentes a un congreso de fotografía, entre los que se encontraban el industrial Léon Gaumont y su joven secretaria de 21 años y futura esposa, Alice Guy, habían visto por primera vez cómo las imágenes podían moverse. Apenas 50 segundos, eternos, en los que todo cambió, y que aun perduran bajo el título fundacional de La salida de la fábrica: un grupo de hombres y mujeres surgen de un muro que se abre.

Son dos puertas de una fábrica de fotografía por las que se entrevé el mismo futuro, como si estuvieran inaugurando la modernidad. Caminan despreocupados sin prestar atención al raro artefacto que tienen en frente… Pese a la sorpresa de lo que vieron en aquel congreso, lo que importa no es tanto lo proyectado sobre el lienzo en blanco, sino la emoción del misterio compartido en la oscuridad de una sala. Y luego, con la popularización, el rito de asistir a cierta especie de eucaristía pagana.

¡Lumière! Comienza la aventura' de Thierry Frémaux

Frémaux nos hace saber que en realidad existen tres versiones distintas de la considerada primera lata rodada, y que lo que pareció ser una simple escena documental fue repetida hasta quedar a gusto de sus directores. La primera puesta en escena, los primeros directores de cine. Oh, y el primer ‘remake’ en cuanto añadieron un carro tirado por un caballo como prueba para las generaciones posteriores de un mundo previo al monopolio del motor.

Ahí tenéis a Louis Lumière, cabeza creadora del dúo, descubriendo las posibilidades de su propio invento, y elaborando una radiografía de la clase trabajadora francesa de finales del siglo XIX. Porque los primeros años del cine fueron producto de la osadía y la experimentación, en los que –estoy seguro– titileaban sus pupilas mientras apenas acertaban a vislumbrar la utilidad y grandeza de aquel aparato.

Uno de los objetivos del documental era desmontar tres mitos sobre los Lumière

A saber: que nunca creyeron en el futuro de su invento. Que son los creadores del cine documental. Que el verdadero inventor del cine fue Thomas Edison. Falso, falso y falso, según Frémaux.

“Hay un montón de leyendas sobre los Lumière. Todas son bonitas de escuchar, pero todas son falsas. Un cliché es que Lumière no fue el verdadero inventor. Y es verdad que hubo muchos personajes involucrados antes, pero ninguno después. Esa es la prueba de que el cine nació con Lumière”, sentencia.

Gracias a los suculentos comentarios de Frémaux queda clara la atención extrema que los Lumière prestaban a sus escenas. Comprendemos la importancia que daban a cuestiones como la posición de cámara y el encuadre. Descubrimos que fueron pioneros en el uso del primer plano o el travelling. Registraron el primer accidente automovilístico en cine e incluso innovaron con géneros como el ‘slapstick’, que tanto furor haría en las décadas venideras.

Si bien es cierto que estaba todo por filmar. No menos lo es que era necesario identificar las posibilidades creativas y desarrollarlas. En eso estaban, pues en el momento en que se plantearon intervenir y forzar que algo ocurriera frente a la caja estaban construyendo los mismos cimientos de un lenguaje que evolucionaría hasta lo inimaginable, dando nuevas alas a la expresión de todas las emociones humanas en lo que se identificaría de forma unívoca como ‘el séptimo arte‘.

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Once capítulos con epílogo

Dividido en once capítulos con epílogo, ¡Lumière! crece al ritmo que lo hizo la ambición y curiosidad de los padres de la criatura. Primero lo que se antojan simples pruebas, temblorosas filmaciones familiares, escenas costumbristas. Un tren que llega, un niño que aprende a caminar, unos amigos que juegan a las cartas. Por ellas empieza a respirar la necesidad de un punto de vista, de una emoción. Y como una revelación surge la magia.

El caminar indeciso del bebé se convierte en el primer thriller, en la primera película de suspense: ¿será capaz el crío de sortear un simple escalón? Un error del proyeccionista (movió la manivela al revés) es el primer efecto especial, a los que denominarán trucajes, gracias al cual un muro derruido es milagrosamente reconstruido. Luego llegarán los travelling gondoleros de Venecia y las tomas aéreas en globo, rumbo emocionado hacia lo desconocido. Y más tarde, el gag que convierte a la pantalla en la fuente de una risa colectiva con El regador regado, la primera prueba filmada de que no existe nada tan universalmente gracioso como la desgracia ajena.

La atracción de barraca

Era el penúltimo día de 1895, y el diario ‘La Poste’ dedicaba una columna visionaria al nuevo invento como la fórmula conocida más próxima a la inmortalidad (A. Montiel, Teorías del cine: un balance histórico) con estas palabras, tan dignas del anaquel de la posteridad que necesitan su propio marco de texto:

“La fotografía ha dejado de fijar la inmovilidad. Perpetúa la imagen de movimiento. Cuando todos puedan fotografiar a sus seres queridos no ya en su forma inmóvil, sino en su movimiento, en su acción, en sus gestos familiares, con las palabras al filo de los labios, la muerte dejará de ser absoluta.”

Qué preciosa blasfemia. Y recordemos que aún no existía ni el sonido ni el color.

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Aunque el cine nació como una rareza, pronto despertó la curiosidad tanto de la ciencia como del populacho. Hasta de la nobleza, que vio en el invento la última prueba de modernidad. Y también atrajo la atención de artistas e intelectuales, no siempre con la misma fortuna: el escritor Maksim Gorki, que dicho sea de paso tampoco destacó nunca por ser un dechado de alegría, lo definía así de “emocionado”, acaso sabiéndose en los albores del desastre en aquel verano de 1936.

“La noche pasada estuve en el reino de las sombras. Si supiesen lo extraño que es sentirse en él. Un mundo sin sonido, sin color. Todas las cosas —la tierra, los árboles, las gentes, el agua y el aire—están imbuidas allí de un gris monótono. Rayos grises de sol que atraviesan el cielo gris, grises ojos en medio de rostros grises y, en los árboles, hojas de gris ceniza. No es la vida, sino su sombra, no es el movimiento, sino su espectro silencioso”.

Casi da lástima que la belleza oscura de la cita se convirtiera en un reto que la técnica se encargó de superar. Lo que permanece intacto es la capacidad de empatía y emoción que siguen suscitando aquellas primeras imágenes. Todo después de 120 años, como un paisaje sentimental atemporal.

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Nueva indústria para el nuevo siglo

Rodaron samurais antes que Kurosawa. Escenas surrealistas antes que Buñuel y fueron capaces de convertir un plano en un cuadro de Turner. Su invento tuvo tal éxito que abrieron teatros y enviaron operadores a recorrer el mundo. Una auténtica red de corresponsales. Testigos de lo ordinario y de lo extraordinario. Mostrando desde la herida colonial en Indochina al terror de unos pozos petrolíferos incendiados en Bakú. Pasando por el esplendor decadente de Venecia. La decadencia sin esplendor de la rusa zarista. O la siempre enigmática sorpresa de las pirámides de Egipto.

Daban fe hasta de la torpeza de un ejército. Registraron inundaciones y se convirtieron en los primeros noticiarios de la historia. Se detuvieron en la quietud adormecida de los fumaderos de opio. Supieron introducir el brillo del tiempo en unas máquinas pensadas en un principio para simplemente registrar el movimiento; grabaron la primera carrera ciclista y se inventaron la heroicidad de lo moderno.

 ¡Lumière! Comienza la aventura' de Thierry Frémaux

El mundo descrito por los Lumière cuestiona el de hoy.

Y por eso es relevante. Entonces se creía en el futuro, se pensaba que nos dirigíamos necesariamente hacia un mundo mejor. Y el cine no era sólo un modo de levantar acta de ello, sino la herramienta para conseguirlo. El cine era el futuro, lo construía. Un niño en Vietnam que corre hacia la cámara no era sólo un niño. Era, de repente, todos los niños posibles, todos los niños del mundo.” Thierry Frémaux.

Atentos a la cita: el cine como la herramienta para construir un mundo mejor. Soñemos aunque sea por un momento. Como cuando se apagan las luces de la sala y el quiasma óptico se convierte en el ojo de la cerradura de un nuevo universo.

Por nuestra parte sólo queda invitaros el jueves a ser parte de la experiencia que ofece este legado; que disfrutéis con estas películas que nos obligan a esperar, a ver y a pensar. Y terminar como lo hacían la mayoría de aquellas proyecciones, con el mago francés Félicien Trewey escribiento en un cartel de atrás a adelante y de una tacada “Señoras y señores, nuestro agradecimiento”.

¡Lumière! Comienza la aventura' de Thierry Frémaux

Jueves 7 Diciembre | 20:30 horas en el Teatro Cine Avenida | Jaraíz de la Vera. Entrada 5€ | Bonos socio disponibles en taquilla.

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Averío confabulado para la difusión y el disfrute de la cultura cinematográfica, especialmente la relativa al cine-arte.

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